miércoles, 31 de agosto de 2016

Primer robot astronauta que va al espacio

Kirobo fue enviado a la Estación Espacial Internacional (ISS) para hacerle compañía al astronauta Koichi Wakata, quien llegará a la ISS a finales del 2013.
“¡Hola a todo el mundo en la Tierra! Soy Kirobo. Soy el primer robot astronauta del mundo que habla. Mucho gusto”, fueron las primeras palabras del robot astronauta que es capaz de hablar con naturalidad, caminar, reconocer caras y registrar imágenes. (Ver video)
Este pequeño de sólo 34 centímetros de altura y 1 kilogramo fue ideado por el especialista en robótica Tomotaka Takahashi y desarrollado por investigadores de la universidad de Tokio, de Toyota, de la Agencia de Exploración Espacial (Jaxa) y del grupo publicitario Dentsu.
“El 21 de agosto de 2013, un robot dio un pequeño paso hacia un futuro mejor para todo el mundo”, dijo Kirobo en una frase que recuerda a la pronunciada por Neil Armstrong en 1969.
El miércoles, se mostraron por primera vez las imágenes de Kirobo en el espacio durante una sesión del Comité Olímpico Internacional (COI) en Buenos Aires.
El robot, que puede posar como un atleta, mostró su apoyo a la candidatura de Tokio para organizar los Juegos Olímpicos del verano de 2020. La capital nipona compite con Madrid y Estambul y la decisión se anunciará el sábado.
Kirobo llegó a la estación espacial el mes pasado con 5,4 toneladas de material y víveres para los residentes de la ISS.
Kirobo está inspirado en “Astro el pequeño robot” (o Astro Boy), un personaje de manga (cómic japonés) que imaginó el dibujante Osamu Tezuka.
El objetivo del proyecto Kirobo es estudiar en qué medida un robot de compañía puede aportar apoyo moral a personas aisladas durante un largo periodo de tiempo.

Así se entrenan los astronautas del futuro

En la película Gravedad, Sandra Bullock estira los brazos y trata desesperadamente de asirse a una saliente del módulo Zarya de la Estación Espacial Internacional. En el vacío del espacio, su cuerpo da tumbos como una muñeca de trapo suspendida bajo el agua. Al no haber aire que genere resistencia contra sus movimientos, sus piernas fustigan el entorno sin avanzar un centímetro. Es una sensación increíblemente frustrante. Y es idéntica a la que yo misma he vivido en cuatro vuelos a bordo del avión simulador de microgravedad KC-135A (el ‘Cometa del vómito’) y en ejercicios de realidad virtual en el Centro Espacial Johnson, durante una serie de visitas para cubrir el riguroso y efectivo entrenamiento de un astronauta.
Porque en la Nasa, cualquier cosa asociada con los vuelos espaciales que pueda ser simulada lo es. Desde los sistemas de maniobras orbitales de una cápsula hasta el WCS (Waste Collection System), es decir, el baño. Especialmente el baño. “No me importa si no aprenden a reparar el sistema eléctrico o el de comunicaciones. Pero si uno de ustedes no domina el uso del WCS, juro que lo dejo allá arriba”, amenazó un conocido comandante de transbordador espacial a su tripulación.
La historia de la preparación de un astronauta comenzó el día en que la Nasa recibió órdenes de seleccionar siete veteranos pilotos militares para el proyecto Mercury, en 1959, el primer programa espacial tripulado estadounidense. Esos siete hombres fueron escogidos a dedo, después de pasar por una clase de exámenes físicos y mentales que fueron inmortalizados tanto en su propio libro, Nosotros siete, como en el popular Elegidos para la gloria, de Tom Wolfe.
En ese entonces no se sabía nada sobre los efectos que el espacio podría tener en el cuerpo humano, y se enfatizaba en un entrenamiento centrado en dos partes: adquirir una enorme resistencia física y dominar las complejidades de la aviación en todas sus formas. Un piloto de pruebas o de cazabombardero era, pues, un candidato ideal.
Hoy sabemos que la falta de gravedad por espacios prolongados de tiempo causa pérdida de masa ósea y muscular, aumenta el riesgo de cálculos de riñón, altera el ritmo cardíaco, hace que la sangre se suba a la cabeza y genera cambios en el sistema neurovestibular (el sentido del equilibrio). Pero son cambios que cualquier persona sana puede tolerar, y que se revierten al regresar a tierra. Por eso, ahora los astronautas provienen de toda clase de trasfondos, aunque siguen necesitándose aviadores con miles de horas de experiencia. Pero ya que tenemos un laboratorio en órbita –la Estación Espacial Internacional, a la que llevamos visitando hace 10 años– y que los vuelos de larga duración (seis meses como mínimo) permiten hacer variados experimentos científicos, son necesarios expertos en varias disciplinas. Hay astronautas médicos, biólogos, toda la gama de ingenieros y hasta los ha habido veterinarios.
Por ejemplo, entre los últimos ocho candidatos a astronautas seleccionados entre 6.100 aspirantes por la Nasa hace pocos meses hay un físico, una oceanógrafa, una meteoróloga, un médico y cuatro pilotos militares. No obstante sus grados académicos previos, estos candidatos tienen que someterse a un entrenamiento de dos años antes de ser considerados oficialmente como astronautas. Y desde que son aceptados como aspirantes hasta que reciben su primera asignación para volar a la Estación Espacial Internacional pueden pasar 8 años de espera y un riguroso entrenamiento.
Ese aprendizaje comienza con intensas sesiones de clase donde los candidatos absorben los complejos sistemas de la Estación Espacial y las naves que se usan para ir hasta ella: la cápsula rusa Soyuz, la cápsula Orión (en construcción aún) y los vehículos no tripulados privados y de otras agencias espaciales que acarrean carga rutinariamente de forma automatizada.

China presenta primer vehículo lunar para transporte de astronautas

 El primer vehículo lunar chino que podrá transportar seres humanos fue presentado en la última Feria de Alta Tecnología de Chongqing (ciudad del centro del país), lo que aumenta las posibilidades de que el país envíe pronto astronautas al satélite terrestre, informó el diario oficial China Daily.
El vehículo, de cuatro ruedas y sin otra carrocería que un ligero armazón de tubos metálicos, fue la estrella de la undécima edición de la feria y muchos expertos lo interpretaron como un posible adelanto de la primera misión tripulada a la Luna, en principio pensada para la próxima década, pero que podría adelantarse.
El aparato fue desarrollado con financiación estatal por el Centro de Exploración Espacial, dependiente del Ministerio de Educación chino, aunque también colaboraron en su investigación la Administración Estatal de Ciencia, Tecnología e Industria y el Ministerio de Defensa.
Diseñado para llevar a dos astronautas y pesadas cargas, el prototipo comenzó a desarrollarse a finales del pasado año, destacó Zhan Hanjing, jefe del equipo de diseño del vehículo.
Hasta ahora solo Estados Unidos ha llevado vehículos conducidos por el hombre a la Luna, en las misiones Apolo XV, XVI y XVII, entre 1971 y 1972.
China se convirtió en diciembre del pasado año en el tercer país en conseguir un alunizaje controlado, tras EE.UU. y la Unión Soviética, y además desplegó en esa misma misión un explorador lunar no tripulado, el Yutu (Conejo de Jade).
Un hito que solo los soviéticos habían conseguido anteriormente, con los vehículos rodantes Lunokhod, que exploraron suelo selenita entre 1970 y 1973.

China estudia menú de gusanos para los astronautas

Tres voluntarios participaron en un experimento del programa espacial de China en el que se han alimentado básicamente de gusanos durante más de tres meses con el fin de probar que el ser humano puede mantenerse con este tipo de dieta en largos viajes por el cosmos.
Según señala este miércoles el diario ‘South China Morning Post’, los tres voluntarios, un hombre y dos mujeres, han estado encerrados en una estructura aislada del exterior, el ‘Palacio Luna Uno’, en el que se ha intentado reproducir las condiciones de un viaje espacial y cómo repercutiría en ellos una dieta tan poco común.

Comer insectos y gusanos en el espacio, donde la dieta de los astronautas se complica en viajes de largo recorrido, es una idea que los investigadores chinos propusieron por primera vez hace cinco años, tras los primeros vuelos tripulados de astronautas de China por el cosmos.
El experimento actual se llevó a cabo en la Universidad de Aeronáutica y Astronáutica de Pekín, dotada de instalaciones capaces de crear un medio ambiente aislado del exterior a través de tecnologías bioquímicas. Los voluntarios pasaron 105 días comiendo a diario docenas de larvas de tenebrio (un tipo de escarabajo) muy ricas en proteínas y no mostraron ningún perjuicio físico o mental con esta dieta, pese a que ninguno de ellos la había seguido antes (en algunas regiones de China los gusanos son un ingrediente habitual de la gastronomía local).
La dieta seguida en el experimento no estuvo completamente basada en gusanos, puesto que un 45 por ciento de ella eran vegetales cultivados en el mismo entorno cerrado, aunque los investigadores plantean que en próximos estudios los sujetos aislados sí coman únicamente larvas.
"Pueden causar desagrado al principio, pero en realidad son la fuente alimentaria más limpia y sana", aseguró a los periodistas el investigador Hu Dawei, uno de los miembros del equipo que condujo el experimento.

55 años asomados al universo

Hace 55 años, cuando el cielo dejó de ser el límite, el hombre dio el primer paso en su aventura espacial. El cosmonauta ruso Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1, completó una órbita a la Tierra y de esta forma la humanidad empezó la conquista del espacio exterior. No es fácil explicar la fascinación que produce la exploración, pero parece ser una impronta en los genes humanos, que cargan a la especie de una curiosidad innata.

Resulta curioso ver que en la historia las diferencias ideológicas han sido la base de grandes enfrentamientos entre países poderosos, pero esa atracción natural por lo extraorbital terrestre logró juntar a Estados Unidos y a la Unión Soviética –algo que parecía imposible– bajo el objetivo de conquistar el espacio. Sin duda, esta es la rivalidad entre naciones que más beneficios ha traído al desarrollo científico y tecnológico de la especie.

Así nació la carrera espacial, una pugna marcada por el orgullo y el nacionalismo, que tuvo su punto de partida en 1957 con la puesta en órbita del Sputnik 1, el primer satélite artificial de los soviéticos. Tras esa hazaña vinieron casi dos décadas de triunfos y fracasos: el viaje de Gagarin, el vuelo de la perrita Laika, el primer paseo espacial con Alexei Leonov y el anhelo cumplido de pisar la Luna en julio de 1969.

En 1975, el apretón de manos entre el estadounidense Thomas Sttaford y el ruso Alexei Leonov, a través de la escotilla de la nave Soyuz, 200 kilómetros arriba de sus casas, marcó el fin de esta “confrontación” y el comienzo de una era de apoyo mutuo en la conquista del espacio, que hoy tiene como único oponente la escasez de recursos.

Pero esa austeridad no ha impedido poner naves en cometas, coquetearle a Plutón en el borde del sistema solar, que el Voyager 1 recoja rayos cósmicos a 20.000 millones de kilómetros de aquí, que el día del aniversario 55 del viaje de Gagarin se lance un proyecto para enviar pequeñas naves a otros sistemas solares, como Alfa Centauri, y que muchos sectores se sigan nutriendo de los avances de esta carrera fascinante, que sigue sorprendiendo a la misma ciencia y a una humanidad curiosa por saber si hay vida en otro planeta.

Tres retos de la Nasa para llevar al hombre a Marte

Crear oxígeno artificial en Marte con un experimento del robot explorador que sustituya al Curiosity y desarrollar un motor de propulsión solar para viajar por el espacio profundo son dos grandes propósitos que la Nasa se traza para el 2020.

Así lo señaló la administradora adjunta de la agencia espacial estadounidense Dava Newman, en un encuentro con periodistas en Viena (Austria), donde asistió a una reunión de la Oficina de Naciones Unidas para el Espacio Exterior.
“Estamos haciendo las inversiones necesarias y estamos más cerca que nunca en la historia de la civilización humana de mandar a humanos a Marte en la década de 2030”, expuso la experta.

Newman explicó que la Nasa cuenta con una hoja de ruta de tres etapas para desarrollar una misión tripulada al planeta rojo en la década del 2030, para lo que además del desarrollo tecnológico se debe evaluar el impacto en la salud de largas estancias en el espacio. Desde el 2010, la agencia viene estudiando los efectos que una estancia prolongada en el espacio puede tener en el cuerpo humano, pues la radiación espacial puede aumentar las probabilidades de cáncer y periodos largos de ingravidez debilitan la masa ósea.

En una segunda fase, la agencia espacial estadounidense pretende desarrollar misiones al espacio profundo –más allá de la influencia gravitatoria de la Tierra y la Luna– con la cápsula espacial Orión y el cohete pesado SLS.

Así, en la próxima década, la Nasa espera enviar una misión tripulada a explorar un asteroide, una experiencia en la pondrá a prueba nuevas tecnologías y capacidades indispensables para llegar a Marte.

La tercera fase supondría llegar al planeta rojo en la década del 2030, crear en su superficie instalaciones habitables para largos periodos y procurar que, en lo posible, sus necesidades dependan lo menos posible de la Tierra. Para ello son importantes experimentos como el que desarrollará el próximo robot explorador que sustituya al Curiosity, y que incluye la creación de una pequeña cantidad de oxígeno en el 2020 a partir de la propia atmósfera del planeta rojo.

“Sería la primera vez que se crearía oxígeno en otro planeta”, destacó Newman.

La Nasa probó el cohete más poderoso del mundo

La Nasa probó por segunda vez un cohete en tierra que será usado en misiones tripuladas a Marte, en las instalaciones de su Centro de Sistemas de Propulsión Orbital ATK, en Utah (Estados Unidos).
Esta es la última prueba con el cohete en un ambiente controlado antes del vuelo con la nave espacial Orión, la cual se usará en la misión ‘Exploración Misión-1’, en el 2018.

La prueba le dará datos a la Nasa sobre el empuje del cohete, así como de la temperatura del motor para asegurarse que no supere los 40 grados Fahrenheit, unos 4 grados Celsius.
La primera prueba se completó satisfactoriamente en marzo del 2015 y el propulsor demostró un desempeño aceptable a 90 grados Fahrenheit, unos 32 grados Celsius. La Nasa explicó que probar la resistencia del cohete a las condiciones de temperatura que se enfrentará en misiones reales es clave para garantizar el buen desempeño en las misiones futuras.

Agua en Júpiter, prioridad para la misión Juno

Desde el 24 de junio, la sonda Juno entró en la órbita de Júpiter; lo hizo luego de un viaje de cinco años, en el que recorrió casi 3.000 millones de kilómetros (equivalentes a darle la vuelta a la Tierra alrededor del ecuador unas 72.000 veces). Con la entrada en el campo gravitacional de Júpiter, Juno hace parte, oficialmente, de la estructura más grande del Sistema Solar: la magnetósfera del más grande del gigante planetario.
Juno es la primera misión enviada a Júpiter que utiliza energía solar para alimentar todos los instrumentos y sistemas de comunicación, y se destaca por la cantidad de instrumentos que opera con tan solo 500 Watts, menos de lo que consume un secador de pelo corriente. Algo realmente impresionante.

Los paneles solares de la nave reciben menos energía una vez la sonda se va alejando del Sol; esto quiere decir que la energía recibida por dichos paneles solares es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia: por ejemplo, si tomamos a la Tierra como punto de partida, la energía que recibirá será igual a 1. Al doble de la distancia, recibirá 1/4. Si se aleja 3 veces la misma distancia, recibirá solo 1/9 de la energía inicial y así sucesivamente. Es por esto que los instrumentos deben tener una eficiencia máxima.
Los objetivos científicos de Juno se dividen en cuatro grandes temas: 1) Origen: Determinar la abundancia de agua a nivel global en Júpiter y establecer un límite máximo a la masa de su denso núcleo, con el fin de descartar o corroborar las teorías sobre su formación. 2) Interior: entender la dinámica interna a través de métodos indirectos, es decir, estudiando su campo gravitacional y magnético con gran detalle. 3) Atmósfera: mapear las variaciones en composición, temperatura, opacidad por presencia de nubes y dinámica a más de 100 veces la atmósfera terrestre en todas las latitudes. 4) Magnetósfera: caracterizar y explorar la estructura de la magnetósfera polar y las auroras polares.
Dentro de estas directrices cobra especial importancia la primera, la búsqueda y estudio de vapor de agua en la atmósfera del gigante planetario. Este será, sin duda, uno de los mayores retos de esta misión, pues, al estar el planeta compuesto principalmente de hidrógeno y helio, los dos elementos más abundantes en el Sistema Solar, el tercer elemento en abundancia, el oxígeno, estaría presente en esta molécula (dos átomos de hidrógeno por uno de oxígeno). Su estudio ayudará a los científicos a entender bajo qué condiciones y cómo se pudo haber formado el Sistema Solar hace 4.500 millones de años.

martes, 30 de agosto de 2016

¿A qué huele el espacio?

El comienzo de la semana estuvo marcado por los homenajes a Yuri Gagarin, el cosmonauta soviético que el 12 de abril de 1961 confirmó, al convertirse en el primer ser humano en viajar al espacio exterior, que el cielo ya no sería nunca más el límite para nuestra especie.
Aunque a estas alturas el listado de personas que han salido de la Tierra suma más de 500, aún luchamos contra el hecho de que no estamos fabricados para ir al espacio.

Se necesita una compleja tecnología para superar los inconvenientes que se presentan durante un viaje de este tipo, como la posibilidad de respirar en el espacio. De hecho, la terrestre es la única atmósfera, descubierta hasta el momento, que permite a los humanos respirar.
Pese a ello, hay formas de saber qué olores hay allí afuera. En los viajes espaciales, al estar de regreso en la nave, por ejemplo, los astronautas pueden percibir los aromas que desprenden sus trajes y herramientas después de estar expuestos a ese ambiente.
Varios astronautas coinciden en que huelen a metal caliente, a humo de soldadura de soplete y, sí, a una parrillada que incluya una carne asada, aunque un tanto chamuscada.
La combinación de estos olores puede llegar a ser desagradable. Muchas veces, el hedor ha provocado náuseas y vómito en los técnicos en la Tierra.
Los responsables son los hidrocarburos policíclicos aromáticos (HPA), grandes moléculas basadas en el carbono e hidrógeno que se originan por la acumulación de hidrocarburos más pequeños.
En nuestro planeta es común encontrarlos en combustibles fósiles y son poco apreciados, pues se trata de contaminantes orgánicos que incluso salen por los exostos de los carros y en el humo del cigarrillo. En el universo, este tipo de moléculas se encuentran en el medio interestelar, en cometas y en meteoritos, y se sospecha que probablemente son componentes básicos en el origen de la vida.
Los HPA ‘flotan’ por el espacio libremente y se adhieren a los trajes de los astronautas durante los paseos espaciales. Pero en realidad allí afuera hay una gran cantidad de aromas muy diversos, como el olor a pólvora quemada que reportaron los tripulantes del Apollo 17 en su viaje a la Luna, o a ron, que tendría una nube de polvo cerca del centro de la galaxia, en donde se descubrió recientemente el formiato de etilo.
También hay que sumar la variedad de olores que tendrían las nubes moleculares (nebulosas), y entre los que pueden encontrarse desde el dulzón aroma del azúcar hasta el muy desagradable de huevo podrido, dado su alto contenido de azufre.
Pensar en los olores del universo es una forma diferente de experimentar nuestro contacto con él.

La radiación espacial podría dañar el cerebro de los astronautas

Que las personas vuelen en el espacio profundo, como Marte o un asteroide, es uno de los mayores deseos de la NASA, pero una investigación apunta a que la exposición a las radiaciones puede provocar daños permanentes en el cerebro.
Las consecuencias de la exposición prolongada a las radiaciones, daños en el sistema nervioso central y pérdida de capacidades cognitivas, fueron observadas en ratones de laboratorio, dijeron miembros de la Universidad de California.

Investigadores expusieron a los roedores a partículas altamente cargadas de energía, similar a las radiaciones cósmicas con las que se encontrarían los astronautas durante sus vuelos en el espacio.
"No es una noticia positiva para los astronautas embarcados en viajes de dos a tres años a Marte", dijo el autor principal del estudio, Charles Limoli, profesor de radiación y oncología en la Escuela de Medicina de la UCI.
"La reducción de la capacidad de trabajo, los déficits de memoria y la pérdida de conocimientos, así como las dificultades de concentración durante los vuelos en el espacio podrían afectar a las actividades esenciales de la misión", explicó, añadiendo que "estas radiaciones cósmicas podrían alterar las capacidades cognitivas de los astronautas durante toda su vida".
Actualmente, los astronautas rotan por períodos de unos seis meses en la Estación Espacial Internacional (EEI).
En marzo, el astronauta estadounidense Scott Kelly y el cosmonauta ruso Mijail Kornienko empezaron la primera misión de un año en el punto de investigación en órbita para probar el impacto de vuelos espaciales más largos sobre el cuerpo y la mente humanos.
La NASA intentará mandar personas a Marte en la década de 2030, pero los escépticos dicen que la tecnología está muy lejos de estar lista. Tampoco está claro si un viaje de estas características sería seguro para las personas.
La investigación, publicada en la revista estadounidense Science Advances, expuso a roedores de laboratorio a partículas cargadas de radiación durante seis semanas en el Laboratorio de Radiación Espacial de la NASA del Laboratorio Nacional de Brookhaven.
Este oxígeno y titanio completamente ionizados provocaron a los ratones inflamaciones cerebrales que interrumpían la transmisión de señales entre neuronas, dice el estudio.
La radiación perjudicó la red de comunicación cerebral, interfiriendo en la capacidad de las células nerviosas de transmitir señales.
"Como una bala, las partículas cargadas golpeaban las ramificaciones de las células dendríticas y provocaba su rotura", dice el estudio.
"Es conocido que la pérdida de las ramificaciones dendríticas está vinculada con la disminución cognitiva del Alzheimer y otras enfermedades", agregó.
Otras pruebas mostraron también que los ratones irradiados tenían poca capacidad de aprendizaje y de memoria y tenían tendencia a la confusión, en comparación con ratones normales.
"Los animales expuestos a radiación no tenían curiosidad (y eran menos activos) en nuevas situaciones y eran más fáciles de confundir", dice el estudio.
"Si los cambios neuronales ocurren en ratones también ocurren en astronautas, su respuesta a situaciones inesperadas y su habilidad para razonar en el espacio y para memorizar información puede verse dañada", agrega el estudio.
Problemas mentales similares podrían tomar meses en desarrollarse en humanos, pero cualquier misión a Marte tomaría probablemente al menos un año y medio, y probablemente más.
Vivir en la Estación Espacial Internacional no es tan peligroso. La plataforma gira alrededor del planeta a una altura que todavía está dentro de la magnetosfera que protege la Tierra.
En consecuencia, los astronautas no se ven bombardeados por radiaciones cósmicas que existen en el espacio profundo, remanentes de explosiones pasadas conocidas como supernovas.
Charles Limoli forma parte del Programa de Investigación Humana de la NASA, que está demostrando que la radiación espacial afectaría a los exploradores del espacio profundo.
El investigador dijo que la nave espacial podría incluir protección adicional en algunas áreas, pero que esas partículas altamente enérgicas persisten "y realmente no hay forma de escapar a ellas".

Lo que le pasaría si se quita el casco en el espacio

Cientos de películas han recreado el escenario de lo que pasaría si un astronauta se quita el casco cuando está en el espacio. Pero pocas se han acercado a la realidad.
Si un astronauta decidiera quitarse el casco en el vacío, pasaría por un calvario que se puede resumir en nueve puntos, según Discovery News.

En primer lugar, y de inmediato, todo el aire que tenía en los pulmones sale disparado con más fuerza que un estornudo. Los alveolos pulmonares se rasgan durante el proceso causándole mucho, mucho dolor.
Unos segundos después, el astronauta empieza a experimentar los efectos de la anoxia; es decir, la falta total de oxígeno en las células. También defecaría de inmediato, como pudo comprobar la Nasa cuando expuso a un centenar de perros al vacío y comprobó que sus intestinos se vaciaban al momento.
Luego, el astronauta se da cuenta de que sus orificios nasales están muy secos y su saliva está “hirviendo”, pero no está caliente. Como explica la ley de Boyle, cuando la presión disminuye, el volumen aumenta; en el vacío no hay presión, así que el agua se convierte en un gas inmediatamente (aunque la temperatura no suba).
La piel, por su parte, se pondría muy tensa; una rigidez incluso dolorosa. El cuerpo se hincha por completo, pero no explota como se ve en las películas. Se inflama, hasta que la tensión de la piel se iguala con la tensión exterior.
El sistema circulatorio es un circuito cerrado, así que cuando baja la presión arterial porque los vasos sanguíneos se expanden, la sangre de las venas entra en ebullición, según, de nuevo, la ley de Boyle. Esto ocurre también en los ojos, pero estos no se saldrían de sus órbitas.
Enseguida, las burbujas de gas en las arterias del astronauta podrían bloquear la correcta circulación de la sangre, lo cual puede ser mortal de muchas maneras distintas.
En el espacio el astronauta está expuesto a radiación cósmica de todo tipo, pero si puede observar el Sol, eso quiere decir que está muy cerca de la estrella y entonces se quemará inmediatamente, debido a los rayos ultravioletas (UVA) que impactarán contra su piel, pues no cuenta con la protección de la atmósfera. Primero se quema el pelo, las cejas y el vello de cualquier tipo.
Si el astronauta está en la sombra, entonces probablemente se encuentre a cientos de grados bajo cero. Pero no se congelaría, ya que el calor necesita algo adonde transferirse, y cuando se está en el vacío no puede irse a ningún lado, así que se mantiene en el cuerpo.
El astronauta se quedaría inconsciente en 15 segundos. Lo sabemos por los estudios que se han realizado con chimpancés y por los errores que han cometido los humanos en el espacio o en cámaras de vacío en la Tierra. Solo 15 segundos tarda la sangre sin oxígeno en llegar al cerebro y dejarlo inconsciente.
Después el astronauta se quedaría flotando en el espacio, hinchado y con la sangre en ebullición, pero con el corazón todavía latiendo. Sus compañeros tendrían hasta 3 minutos y medio para rescatarlo con vida: es el tiempo máximo que sobrevivió, sin secuelas, uno de los chimpancés usados en las pruebas.

La composición de ciertos minerales de la superficie lunar evidencia que existe agua en el interior del astro, según sugieren nuevas investigadores de la NASA


Así, gracias a los datos recogidos por la 'Moon Mineralogy Mapper' de la NASA (M3), instrumento que porta la nave espacial 'Chandrayaan-1' de la Organización de Investigación Espacial de la India que obtiene el mapa minerológico del astro, se ha encontrado una cantidad significativa de hidroxilo, que se obtuvo al separarse un átomo de hidrógeno de agua procedente de debajo de la superficie lunar", según ha explicado uno de los geólogos participantes de la Universidad de Física Aplicada Johns Hopkins, Rachel Klima.
El estudio, publicados 25 de agosto en la revista Nature Geoscience, ha analizado la composición de las rocas del cráter lunar 'Bullialdus', que tienen la peculiaridad de que "normalmente se encuentra muy por debajo de la superficie" pero que tras el impacto del meteorito que formó el cráter quedaron al descubierto.
Según ha indicado la organización, ya se conocía la existencia de hidroxilo en las rocas recogidas por la nave Apolo y en los polos lunares, pero al ser minerales muy expuestos se supuso que el agua de la que procedía vino de la Tierra o había sido traída por el viento solar.

¿Sabía que cráter lunar y 2 asteroides tienen nombres de colombianos?

Fuera de nuestro planeta, en la inmensidad del universo, existen tres objetos que llevan los nombres de tres colombianos: el cráter de la Luna Julio Garavito Armero y los asteroides Antonio Bernal y Jorge Zuluaga.
Los tres, reconocidos astrónomos. Pero los nombres de los objetos celestes no están únicamente asignados para quienes estudian el cosmos ni para científicos. Hay asteroides, por ejemplo, bautizados como escritores (Kafka), como músicos (McCartney, por el Beatle), deportistas (Pelé) y hasta religiosos (Ratzinger, por el papa Benedicto XVI).

Y no es por moda o por capricho que llevan esas identidades. Jorge Zuluaga, jefe del pregrado de Astronomía de la Universidad de Antioquia –único en el país–, y quien tiene un asteroide con su nombre desde mayo del 2014, explicó que desde tiempos históricos los astrónomos, para organizar el cielo y orientarse, pusieron puntos de referencia con alguna identidad.
“Los antiguos, esencialmente, nombraron estrellas, grupos de estrellas y los planetas. Esto se extendió hasta el presente, un poco para identificar objetos de manera individual y también por mantener esa tradición astronómica”, señaló el astrónomo, quien participara en comunicado la Astronomía para el publico, el evento mas grande de su tipo en el mundo, que se realizara en  mdellin.
Y aunque hoy ya no es necesario hacerlo –agregó–, a todo se le pone nombre: a las supernovas, las galaxias, las estrellas, los asteroides, los cometas…
Pero no es un tema simple. Existen organismos que se encargan de revisar y aprobar los nombres que se postulan, y hay reglas para distintos cuerpos celestes. “En general, todo lo que se ve en el cielo tiene un nombre aburrido. Yo lo llamo el número telefónico, porque son números y letras que les dan los astrónomos a lo que observan, y que deben poner en listas”, dijo Zuluaga.
En su caso, el asteroide que lleva su nombre tenía la siguiente denominación original: 2003FZ128. Hoy, mantiene un código que precede su nombre: 347940 Jorge Zuluaga.
Reglas para cometas, asteroides y exoplanetas
Con los nombres propios –explicó Zuluaga– hay reglas para cometas, asteroides y planetas extrasolares o exoplanetas –los que están fuera del sistema solar–.
“La regla de los cometas es que reciben el nombre de su descubridor. Un ejemplo muy conocido es el Hale-Bopp, que son los apellidos de los descubridores, Alan Hale y Thomas Bopp”, señaló el astrónomo.
Lo particular es que cometas como Catalina, que se pudo observar a simple vista en la Tierra en enero pasado, lleva el nombre del telescopio que lo descubrió. No siempre son personas.
En el caso de los asteroides es distinto. Lo primero es que ningún descubridor puede ponerle su nombre. “Lo que tiene que hacer es mandar una solicitud formal al Centro de Planetas Menores de la Nasa y decirle el nombre que le quiere poner, pueden ser personas, ciudades o países, que es lo más común, y justificar por qué”, añadió Zuluaga. Ese fue su caso. El astrónomo venezolano Ignacio Ferrín fue quien lo detectó y postuló el nombre de su colega, como reconocimiento a su trabajo.
Con los exoplanetas todo empezó el año pasado, a través de una convocatoria de la Unión Astronómica Internacional. Ninguno, antes del 2015, tenía un nombre ‘normal’. “Llevaban el de la estrella que orbitaban, como el 51Pegasi B, que fue el primer exoplaneta descubierto”, explicó Zuluaga.
Colombia intentó que uno de esos ‘mundos’ fuera del sistema solar tuviera identidad nacional. En el concurso de la Unión Astronómica, la regla fue que se tratara de nombres asignados por una comunidad de personas. Las propuestas enviadas y aceptadas tenían que ver deidades indígenas. Al final, fue imposible derrotar a Cervantes y Galileo, como fueron nombrados.
Recientemente han surgido iniciativas a través de redes sociales que plantean nombrar a la Luna o cobrar por ponerle el nombre de una persona a los cráteres de Marte. Y pese a que la Unión Astronómica y el Centro de Planetas Menores de la Nasa se han encargado del tema, siempre ha habido una discusión en torno a quién tiene el derecho de ponerles nombres si el cielo es de todos.
“Estas son autoridades de astronomía, no de nombres. Ellas definen estándares astronómicos, que son muy importantes para que nos podamos entender. El tema de los nombres es secundario, pero lo importante es que literatura científica, es decir los artículos y libros de ciencia, utilizarán siempre los estándares de los profesionales de la astronomía, no los de una comunidad particular ni de un grupo de Facebook”, agregó.
Pero el poder de las redes hoy mueve al mundo y Zuluaga no descartó que de levantarse un movimiento masivo en ellas, los astrónomos podrían terminar cediendo. “Se conocen unos 600.000 asteroides, de los cuales solo 60.000 tienen nombre, por lo que aún hay oportunidad de tener más colombianos ilustres en el espacio”, remató.